La adaptación como experiencia sensorial: Zama entre Di Benedetto y Martel

En Burden, una de las cosas que más nos entusiasma es acercarnos a esos creadores que logran romper con lo esperado. Lucrecia Martel es precisamente eso: una cineasta que desafía las convenciones de cómo contar historias en la pantalla.

Para quienes aún no entraron en el universo de Martel, basta saber que sus películas anteriores —La Ciénaga (2001), La Niña Santa (2004) y La Mujer sin Cabeza (2008)— nos transportan a Salta, una provincia alejada del centro cultural de Buenos Aires, mostrando sin filtros esa “descomposición moral” de una sociedad en los márgenes. El cine de Martel es exactamente lo opuesto a lo que estamos acostumbrados en este mundo sobrecargado de estímulos rápidos y fugaces: exige que nos detengamos y pongamos todos nuestros sentidos en juego para captar lo que realmente ocurre en pantalla.

Cuando Martel decidió adaptar Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, no lo hizo por casualidad ni por seguir una moda. Lo hizo porque, al leerla, algo resonó profundamente en ella. Di Benedetto —un autor poco reconocido durante muchos años— creó un universo literario singular, cargado de una perspectiva existencial profundamente latinoamericana y moderna sobre la identidad y la espera. Martel encontró en esa novela algo que va más allá del argumento: esa experiencia sonora que cada lector genera en su cabeza al enfrentarse a un texto, una especie de música invisible que se acerca muchísimo a lo que hace el cine.

Justamente, uno de los aspectos más interesantes que compartió Martel es cómo decidió abordar esta adaptación desde la atmósfera, y no desde la trama. Criticando nuestra obsesión cultural por el “argumento”, señaló que, mientras en la vida aceptamos lo incomprensible, en el arte solemos exigir claridad absoluta. En Zama buscó lo contrario: desafiar expectativas, romper los moldes de lo que “debería” ser una película de época. A través de sonidos inesperados, paletas visuales intensas y decisiones que desnaturalizan lo conocido, creó un espacio cinematográfico inquietante y magnético que exige la plena atención del espectador.

Martel considera que el cine, al ser en esencia una representación, permite explorar el pasado con mayor libertad y audacia. Esta cualidad habilita cuestionar las versiones oficiales de la historia, revelando aspectos incómodos del presente y ofreciendo al espectador una experiencia perturbadora pero significativa.

Por todo esto, la adaptación de Zama representa un encuentro entre la audacia poética de Di Benedetto y la mirada cinematográfica única de Martel, donde lo importante no es tanto lo que pasa, sino cómo se percibe, cómo suena, cómo vibra en cada uno de nosotros cuando miramos.

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